sábado, 16 de mayo de 2020

El corsé.




El corsé rabioso, la desfiguraba.
La sujetaba, la obligaba, la constreñía.


El corsé no era su reflejo en el espejo. 
No la significaba.
No era ni su baño, ni su habitación, .
No era las flores de su jardín, ni los condimentos en sus guisos.
No les pertenecía, no los poseía.
No les cantaba,ni les sonreía.

No tenía el don de la divinidad, el don de la distancia.
No la dejaba ser espectadora de su parte en la obra,
ni actriz de su propia vida.

No era ni siquiera una metáfora de sí misma.

Cuando se quitó el corsé:

arregló su cuarto,
usó miel, sembró romero, 
cantó en voz alta,
se miró al espejo,
aceptó su maltrecho cuerpo 
y sonrió.

Entonces...
le cambiaron el corsé
y la enfundaron
en una camisa de fuerza.

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