Todos los días recogía,
según los encontraba,
pedacitos de sentimientos rotos
y cachitos de ilusiones perdidas.
En el lugar menos pensado aparecían:
en los contenedores, en los mingitorios,
en las básculas, en las coladeras,
en las ramas de los árboles,
o sobre la barra pringosa
de algún restaurante de tercera.
Una vez se encontró en un solo día:
Tres en las campanas de un monaguillo
dos en las orejas de un perro,
y uno en la sala de espera
de un cementerio.
Recogía pedacitos y cachitos
de sentimientos rotos e ilusiones perdidas
y los acomodaba con cuidado
en su bolsillo,
dentro de un cofrecito de plata
envueltos en un pañuelo blanco de seda.
Por las noches, en su casa,
con mucho tiento, con mucho cariño,
les encontraba alguna forma,
los separaba por emociones,
los limpiaba, los pegaba, los restauraba,
los pintaba de colores
(azul tolerancia, amarillo afecto, violeta respeto,
verde ternura, blanco esperanza, negro silencio),
los envolvía en algodón
y los incubaba en macetas para que germinaran.
Cuando por las mañanas
abrían los retoños,
los soltaba y volaban libres
para que si algún desdichado,
los encontraba al paso,
curara con ellos
aquel, su sentimiento roto
aquel, su sentimiento roto
o recobrara aquella, su ilusión perdida.

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