martes, 2 de junio de 2020
Pan
Huyó a la montaña, algo le faltaba.
Deseaba encontrar un ensalmo mágico
para evadirse de la ética y las ideas abstractas,
para evitar la dictadura del cerebro.
Deseaba encontrar un ensalmo que la liberara de sí misma.
Un ensalmo, un mantra o un rezo
que la enseñara a pensar con todo el cuerpo.
Ya de noche, en la montaña,
aparecieron los fuegos fatuos
y detrás de ellos
un sátiro barbudo
seguido por varias mujeres y hombres desnudos.
Al son del laúd, la flauta y el tambor
disolvían evanescentes,
su cuerpo y alma, en música y ritmo.
Juntos, unidos, libres, felices,
sin egolatrías ni individualismos,
bailaban todos con la misma belleza y falta de coordinación
como lo hacen los pájaros cuando cantan en el bosque.
Con gestos espontáneos,
liberaban al alma de sus símbolos.
Despojados de todo prejuicio moral,
convertían sus deseos en arte.
Se unió a ellos.
Se retorció y se contorsionó desnuda.
Estimulada por sus más recónditas pulsiones,
sintió la dicha de su cuerpo en movimiento.
Transformada en éxtasis colectivo,
danzó al aire libre como un espíritu abierto,
y no como una bailarina de ballet
encerrada entre los aplausos de su ego.
Esas noches rio, vivió, cantó
recuperó su centro de gravedad,
su do central, su si bemol
Su sol sostenido.
Dejó de ser para el mundo sólo armonía
y pudo escuchar en su interior
su propia disonancia.
Renació en su alma, renació en su cuerpo,
colmó al mundo de sentimientos danzantes.
Su vida se volvió un festival perpetuo
y su personalidad, un juego festivo.
Bailó y bailó feliz, por el resto de sus días.
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