Díjole él, tiernamente,
en la velada romántica:
Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo una rosa blanca.
Contestole ella, inmediatamente:
No digas pendejadas, amor mío.
Con mis noventa años, yo pa’ que quiero rosas blancas.
Las rosas solo sirven para combatir el acné,
evitar las bolsas en los ojos y eliminar las impurezas de los poros.
Hidratan el cuero cabelludo,
mejoran la calidad del cabello y combaten la caspa.
Sirven, es verdad, para tonificar, relajar y refrescar la piel,
y dejarla a una como la mismísima Cleopatra.
Pero a mí,
A mi mejor regálame el cardo y la ortiga.
Que el cardo
con el hierro, el sodio, el calcio y el potasio que tiene,
me regulan los líquidos en la sangre.
Además, es excelente para mi hígado y mi vesícula.
Me ayuda con la osteoporosis y me disminuye la glucemia.
Con la fibra, me evita el estreñimiento y me ayuda a ir al baño.
Y la ortiga, tomada en infusiones,
me calma cuando me dan los ataques de asma.
Me ayuda a eliminar el ácido úrico.
Me alivia las molestias en las articulaciones,
y una sola infusión de ortiga, una sola, te digo,
me aporta casi el 40% de la cantidad de calcio que necesito.
Cardo y ortiga, amor mío,
cardo y ortiga.
Las rosas, se marchitan.
Mejor regálame cardos y ortigas
que me ayudan a estar viva.

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